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Pasan los días y en Honduras algunos se empeñan en decir: “aquí no ha pasado nada, sigamos adelante”, y no sé si es más triste ver a la gente ignorante o incapacitada para razonar o a la que, aún sabiendo la verdad, opta por taparse los ojos y elaborar “argumentos” para defender lo indefendible.
Estoy de acuerdo en que al principio de esta nueva oscura historia nacional apareciera por todos lados gente mal enfocada apuntando los supuestos peligros que representaba la iniciativa de la cuarta urna, pero que a estas alturas, después de un Golpe de Estado, después de algunos muertos, muchos heridos e infinidad de acciones anticonstitucionales y represivas por parte del gobierno golpista, después de la desvergüenza manifiesta de muchos “periodistas” y medios de comunicación supuestamente comprometidos con la verdad pero evidentemente pagados por los de siempre, después de ver a las nefastas iglesias unidas “orando” por la “paz y la democracia”, palabras prostituidas impunemente en estos días, después de toda esta tormenta de mierda desatada por Micheletti y sus secuaces, después de todo esto (y más), que todavía haya quien defienda la supuesta legitimidad del gobierno de facto representa el colmo de la indignidad y la mejor prueba de lo miserables que somos como país.
No entiendo por qué algunos se asombran del grado de servilismo que han venido a mostrar muchos en estas últimas semanas en Honduras. Algunos llegan incluso a sentirse traicionados por quienes al parecer defendían la verdad y la justicia, como si hubiesen sido auténticos héroes de la patria. Pero a mí eso ya no me asombra. Siempre he visto la subyacente hipocresía en los rostros de esos tipejos que a diario aparecen en la prensa y la televisión y siempre he percibido el doble sonido en las voces melifluas de los que hablan en la radio. Algunos se salvan, porque para que la historia consigne los nombres de los traidores debe haber unos cuantos que resistan, y esos son los que merecen llamarse hombres libres y dignos.
En la novela El asco, de Horacio Castellanos Moya, un personaje dice: “Un verdadero asco de periódicos (…), pero a la gente le gustan, este pueblo es tan bruto y abyecto que ése es el tipo de periódicos que le gustan, no hay nada que hacer, por eso más te vale no meterte a redentor”. Y eso es lo que me repito a mí mismo cada día desde hace una semana: para qué intentar cambiar a un pueblo que no quiere cambiar. Para qué intentar ayudar en algo a un país que cree que no necesita ayuda, que se precia de muchas cosas que ni por asomo es, que fomenta, sin saberlo, el conformismo y la mediocridad, además de un orgullo insano en una práctica chauvinista que nos hunde cada vez más en la miseria.
No es increíble que mientras el mundo entero condena el Golpe de Estado y sus consecuencias, en Honduras todavía haya gente convencida de que ese golpe ha sido lo mejor que pudo haber ocurrido; no es increíble que mucha gente siga tragándose el discurso oficial y mediático de “la paz y la democracia” alcanzadas a punta de fusil y a costa de la bota militar pisoteando nuestros más elementales derechos como ciudadanos. No es increíble este tipo de “actitud nacional”. Nuestro país ha sido siempre demasiado imbécil. ¿Por qué habría de cambiar ahora? Y sin embargo, aún queda algo parecido a la esperanza…
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